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Cuando nos caemos el primer día de viaje y aún quedan 2.400 km… de ida

Allí estaba yo, con la realidad bien alterada después de años viendo Top Gear con sus viajes épicos, a Miquel Silvestre cruzando medio mundo o siguiendo a leyendas como Xavi Foj cada año en el Dakar. Estaba cagado, pero aun así quería hacerlo. Como suele decir Daya: "Si te da miedo, hazlo con miedo."

Subí la rampa del barco con mi vieja GS500F, una sport turismo de exactamente 48 CV, pues hacía poco que tenía el carnet, apenas seis meses, y nunca antes había tenido una moto ni siquiera un scooter. Quiero creer que los años de ciclismo me habían dado algo de contexto.

El trayecto en barco no se me hizo especialmente largo. Supongo que años haciendo el viaje Tenerife-Fuerteventura en los viejos ferris de Naviera Armas me habían ido preparando en silencio. Para el viaje reservé una butaca VIP. Pensé que 36 horas de barco se podrían pasar dignamente en una butaca cómoda y reclinable y, de hecho, así fue. Pero si hoy volviera a hacerlo cogería camarote, ya que la butaca VIP y el menú de comidas cuestan prácticamente lo mismo que un camarote, que además ya incluye las comidas. En aquel momento no era consciente de ello.

Llegamos a Huelva. Bajé mi moto y allí estaban mi cuñado y mi hermana, recién llegados desde su casa en Lyon, listos para emprender la ruta. El primer día fue corto porque el barco llegaba a última hora de la tarde y habíamos reservado en Punta Umbría para dormir. Con un poco de nervios nos fuimos a la cama.

Al día siguiente nos esperaba el trayecto hasta Úbeda. Empezamos con ilusión, pero al hacer los primeros seis kilómetros llegamos a una rotonda donde había un gran reguero de gasóleo. Yo la pasé bien, pero mi cuñado, que venía detrás, perdió la rueda trasera a muy baja velocidad y se cayeron ambos, por suerte sin consecuencias personales más allá de algunas molestias.

Aquí comienza otro capítulo.

Tras comprobar que estaban bien levantamos la GSR600. Todo parecía estar en orden, con algún rasguño sin importancia, salvo por un detalle: la punta de la palanca de cambios se había partido y cambiar de marcha era muy complicado.

Decidimos continuar hasta la primera gasolinera e intentar enderezarla, sabiendo que al ser de aluminio probablemente terminaría rompiéndose.

Y dicho y hecho.

A la primera intentona...

¡zas!

Nos quedamos con el trozo en la mano y una cara de cuadros importante.

Unos chicos muy amables que llevaban unas motos de enduro en un remolque se dieron cuenta de la pequeña crisis que estábamos afrontando y se ofrecieron a ayudar. Después de darle un par de vueltas a la cabeza me fijé en que el señor de mantenimiento de la estación de servicio, tenía un taladro.

Pedimos permiso al bar, movimos una nevera y una mesa, metimos la moto en plena terraza y perforamos la palanca. Le pasamos un tornillo, muchas vueltas de cinta y, contra todo pronóstico, aquello funcionó.

Menos mal, después del circo que habíamos montado.

Continuamos, o mejor dicho, empezamos de nuevo la ruta y llegamos bastante más tarde de lo esperado a Úbeda, después de un primer día en el que habíamos afrontado dos de los mayores miedos de cualquier viaje en moto: una caída y una avería.

Eso es empezar por todo lo grande. Lo demás son tonterías.

Al día siguiente nos levantamos, desayunamos y pusimos rumbo a Valencia. Aún íbamos algo asustados y adaptándonos a las distancias. Al fin y al cabo, nunca había conducido una moto tan cargada durante tantos kilómetros.

Al llegar a Valencia llamamos a Yoli y le dimos una sorpresa. Tardamos un poco más de lo previsto porque era Domingo Santo y la entrada a la ciudad estaba bastante colapsada. Pasamos la tarde con ella por la zona de las Torres de Quart y la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Al día siguiente continuamos hacia Barcelona. Había aviso de fuertes vientos y realmente lo fueron.

Yo ya había conducido con viento, pero la elección del equipaje no había sido precisamente brillante. Llevaba una bolsa sobredepósito de Shad y una bolsa estanca Orca estanca sobre el asiento del pasajero. Ambas iban completamente llenas y la trasera únicamente estaba sujeta por una red elástica.

Creo que ya pueden imaginar el resto.

No perdí el equipaje, pero en algunos momentos la moto era realmente difícil de gobernar, el cuello y los antebrazos se me cargaban y además la bolsa trasera se movía lo que aun me preocupaba mas y me tensaba mas aun.

La solución llegó en una gasolinera: dos cinchas de tela que comprimieron la bolsa contra el asiento.

La situación pasó de peligrosa a simplemente incómoda.

También encontramos muchísimo tráfico para ser lunes. Nosotros no habíamos caído en que era el día de regreso de Pascua hacia Cataluña.

Curiosamente, apenas guardo recuerdos de aquel paso por Barcelona. Solo recuerdo visitar la Sagrada Familia y a un señor bastante desagradable que no dejaba de tocar el claxon porque, según él, tardábamos demasiado en repostar.

Para el día siguiente nos reservamos una de las carreteras que más ilusión me hacía recorrer: Tossa de Mar, Sant Feliu de Guíxols y una parada para comer en Llançà, donde, por cierto, comimos realmente bien.

Después entramos en Francia por la carretera de la costa, pasando junto al antiguo puesto fronterizo cubierto de carteles de Marine Le Pen. Una carretera preciosa que poco a poco nos fue alejando del Mediterráneo hasta llegar a Montpellier, donde probamos Airbnb por primera vez y el resultado fue fantástico.

Nuevo día y nueva estrategia.

Volvimos a reservar un Airbnb, esta vez con destino Niza.

La mañana empezó a buen ritmo hasta llegar al primer peaje. Pasé yo primero y me quedé esperando justo después de la barrera. Parecía que a mi cuñado no le leía la tarjeta. Lo intentó varias veces y, en un alarde de mi infinita sabiduría, decidí bajarme de la moto para acercarme y pagar con la mía.

Justo en ese momento la máquina aceptó su tarjeta.

La barrera subió de golpe y me golpeó de lleno en la visera del casco, dejándome una bonita marca horizontal como recuerdo.

En el siguiente peaje decidimos hacerlo al revés y acordamos parar en la próxima gasolinera.

Entré a repostar y, justo a mi lado, había un flamante Ferrari con matrícula de Mónaco.

Con la percepción todavía profundamente alterada, salí acelerando con mi GS500F. Primera al corte. Segunda. Tercera...

Y ya no vi más al Ferrari.

O mejor dicho...

Él dejó de verme a mí.

Pocos kilómetros después la moto empezó a hacer pequeños cortes de potencia. Presté más atención y vi que el testigo de presión de aceite intentaba encenderse tímidamente.

Entré en pánico.

Pensé que había reventado la moto.

Al llegar a la siguiente gasolinera comprobé el nivel y entendí lo que había pasado. Varios días de autopista, la moto cargada y un ritmo bastante alegre habían hecho que la pobre Suzuki consumiera buena parte del aceite que también ayudaba a refrigerarla.

Compré una botella y rellené el nivel allí mismo.

Ahora que lo pienso...

Ni siquiera esperé a que el motor se enfriara.

Llegamos a Niza con las expectativas muy altas después del Airbnb del día anterior.

La realidad fue bastante distinta.

Era un apartamento caro, pequeño y, aunque anunciaba capacidad para tres personas, en realidad tenía una cama de matrimonio y un sofá cama bastante incómodo.

Qué se le va a hacer.

Aquella tarde salimos a cenar al centro.

Entre mi poca soltura sobre la moto y que el móvil se recalentaba mientras navegaba, terminé quedándome atrás y perdiéndome.

Para rematar, un scooter me rozó ligeramente.

Finalmente llegué al restaurante bastante enfadado porque nadie me había esperado.

El enfado duró poco.

Era mi cumpleaños.

Y la cena mereció la pena.

Al día siguiente mi hermana y mi cuñado decidieron quedarse descansando mientras yo tenía un objetivo muy claro.

Subir al Col de Turini.

Llevaba años viendo imágenes del Mundial de Rally en aquel puerto y no podía dejar pasar la oportunidad.

Madrugué mucho y salí temprano.

De camino paré a desayunar un café con leche y un cruasán.

Cuando fui a pagar, la señora me explicó que no aceptaban tarjeta y que debía volver al pueblo para sacar dinero.

Ella no hablaba inglés.

Yo no hablaba francés.

Parecía un chiste de Lepe.

Finalmente conseguí pagar y continué subiendo.

Cuanto más ascendía, más nieve aparecía en las cunetas y más épica me parecía la carretera.

Hasta que llegó un punto en el que una lengua de nieve de unos ocho metros invadía completamente el asfalto.

Me quedé mirándola unos segundos.

Y decidí cruzarla.

No me arrepiento.

Llegué al bar de la cima y me tomé un chocolate caliente mientras pensaba que una cosa era haber conseguido subir...

Y otra muy distinta sería bajar.

La mejor opción era descender por el lado italiano, atravesando el Colle dell'Olivetta, para encontrarnos más tarde en Mónaco y almorzar juntos.

Mónaco estaba todavía con resaca del Gran Premio de Fórmula 1. Gran parte de las vallas, las protecciones y las gradas seguían montadas, así que aprovechamos para pasear por un lugar que durante el resto del año solo había visto por televisión. De regreso disfruté muchísimo de la carretera que une Mónaco con Niza. Aún hoy la recuerdo como una de esas carreteras que invitan a conducir sin prisa, simplemente disfrutando del paisaje.

Al día siguiente sentía que nos acercábamos al ecuador del viaje. Tenía muchas ganas de llegar a Lyon.

El trayecto se me hizo sorprendentemente ligero. Quizá ya me estaba acostumbrando a pasar tantas horas encima de la moto. Quizá empezaba a sentir que aquello era mi nueva rutina.

Llegamos a media tarde, sobre las tres o las cuatro. El cansancio empezaba a acumularse después de tantos días seguidos de carretera, pero en lugar de ir directamente a casa de mi hermana decidimos hacer una última parada en el centro, en el barrio de Croix-Rousse.

Aparcamos las motos todavía cargadas frente a una terraza.

Pedí una pinta de Guinness.

Y mientras daba el primer trago tuve la sensación de que acabábamos de superar la primera gran etapa del viaje.

Mirando aquellas motos, todavía sucias de carretera y con el equipaje amarrado exactamente igual que días atrás, me di cuenta de que ya no era el mismo que había bajado temblando la rampa del barco en Huelva.

En apenas unos días había aprendido más de lo que imaginaba.

Había aprendido cosas sobre mí.

Había aprendido cosas sobre viajar.

Había aprendido errores que no volvería a cometer o si, nunca dejo de sorprenderme.

Y, sobre todo, había descubierto que los viajes en moto nunca salen exactamente como los planeas.

Lo mejor de todo era que aún quedaba medio viaje por delante.

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